Por Rodolfo Joya*

Sucede en un lugar para nada remoto, se proclama de inmediato como cosa cierta, basándose en una mera afirmación. Sonríen triunfantes todos los involucrados, sin aplicar siquiera la más mínima noción de lógica, pues, lo que se precipita sobre sus cabezas es una estupidez redundante acaramelada con cifras. Las estadísticas son propias de su gobierno, él las ordenó intuyendo claramente el resultado, la pregunta era amainada; aunque, es difícil en política determinar la neutralidad.

Los estudios repetitivos que no poseen una misma medida son inútiles al no poderse comparar con lo que ya ha pasado, la disculpa que se esboza es simple e igual de idiota, pues su criminalidad intrínseca solo da asco, pues se justifica el mal propio afirmando que es menor al ajeno y se defienden las causas innobles en virtud de la cabeza del enemigo. Una voz altisonante convoca -al igual que todas las voces del pasado- a un cambio inminente; y los fanáticos gritan extasiados el nombre de aquel que no podrá salvar al mundo por culpa de un lejano incidente que destruyó toda la gloria y todo el progreso 5 minutos antes de alcanzar la victoria.

La gente mira inerme la discusión suscitada y el odio que hace palidecer todos los rostros. Se pronuncia el despropósito de manera inmediata y hasta poder romper el asombro y confusión, se repite la afirmación obtusa como un karma a manera de mantra salvador de la ciudad y la patria. Es entonces que nos disponemos a aceptar la realidad absoluta que nos afirma convencida, que la gente agotada del continuismo y tradición de los partidos de antaño, que dio un paso al frente de mera indignación y que votó por nosotros en años pasados, hoy son una caterva de miserables engañados, ignorantes de las realidades justas de los pueblos, pues hace poco se atrevieron a elegir al otro.

Los enemigos se lanzan los mismos improperios, cambiando en la conversación el simple vocablo que altera de color las banderas. “Cuando yo era alcalde el mundo era más bello verbigracia lógica de la felicidad de quienes hoy tristes y aburridos me rodean”. Es el cambio el que se constituye a raíz de mi sabiduría, pues yo afirmo lo que tú no comprendes y las fotografías de archivo son solo un instrumento explicativo de tanta corrupta francachela.

“La maldad es el otro, la putrefacción son los demás”, el nombre que se repite mil y una veces trasciende según su lógica, el mero ejercicio banal de la idolatría egomaníaca. “El otro es perverso pues no construye lo que yo no construí nunca, el otro es perverso pues inaugura lo que yo proyecté en un papel sin llevarlo a cabo”.

La gente cree y lo hace ciegamente, sin sustento ni evidencia pues la mejor treta ha sido la de demostrar sin argumentos, que toda afirmación que contradiga en lo más mínimo a la noble causa, es una manipulación de un poder invisible que nos quiere ver como esclavos, que nos quiere ver sumisos a la voluntad de un aparato.

Cuando la bondad radica en la figura de quien ya fue y desea volver a serlo, es necesario cuestionarse acerca de los verdaderos propósitos ocultos, pero toda esta perorata no es más que un devaneo constante que transita sonriente la teoría de una conspiración que parece ser, pero sobre la que no se tienen más pruebas que el absurdo de las frases sobre las que se sustenta.

¿Quién es Rodolfo Joya?*
*Politólogo de la Universidad Nacional de Colombia con estudios de maestría en Derechos Humanos y Gestión Social, lector, escritor, aficionado al cine y al fútbol, votante activo.

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