Por Rodolfo Joya*

Siempre he creído que el odio es un derecho amparado por la Constitución. Ningún ser humano está obligado a soportar en su alma y pensamiento cualquier determinante del universo que le produzca fastidio o repulsión. Se nos enseña que el odio es malo pues nos envenena por dentro; más, sin embargo, hace parte inherente de nuestra libertad de conciencia, credo y elecciones. Dicho esto, quiero dejar en claro que este derecho no nos libra de las responsabilidades que nos asisten como sujetos sociales, no son admisibles las calumnias o vejaciones, malos tratos o violación de los derechos de aquello por lo que sentimos desprecio.

La gente tiene derecho a odiar al alcalde, a usar todos los mecanismos democráticos y de libertad de expresión, que les permita, vigilar, fiscalizar, denunciar, controlar y demás verbos que la ley consagre, estén permitidos sobre su gestión. Pero el odio máximo es el silencio, callar ante la canallada, alegrarse de la desgracia ajena es un placer culpable, pero tener el dedo largo para señalar al enemigo y nulo para el simpatizante nos hace cómplices de la barbarie.

Los discursos y las causas nobles se prostituyen cuando se convierten en instrumentos del odio partidista, hacer política manipulando la ley de forma estúpida con el único propósito de agredir a quien odiamos hace que la causa de miles de millones de seres humanos que nos antecedieron sea en vano, porque los fines logrados con medios viles son fines corruptos objetivos envenenados.

Hacerte el tonto ante la injusticia es una aberración que corrompe y malogra la lucha de siglos que han sustentado personas comprometidas, tal vez no se les pueda denominar adalides del cambio, pero es imposible reconocer su compromiso en pro de un mundo mejor, en el que todos podamos disfrutar de ello. No se puede estar de acuerdo con todas las aristas y detalles, pues en democracia se vale no estar de acuerdo, pero banalizar las luchas sociales a la ridiculez estúpida de un lenguaje incluyente  que no existe en la semántica, gramática o como se llame el fino arte de reglar los diccionarios, no sólo banaliza las libertades, sino que bombardea de frente el ágora eterna de todos los caudillos de diversos colores en donde se proclaman defensores inapelables de la educación,  mientras se pasan por la faja las normas de la buena escritura por el simple capricho de sexualizar las palabras como expresión somera de su odio o envidia desbordado hacia un sujeto que les ganó las elecciones.

Es entonces que observo: el odio se hace latente, corpóreo, visible, claro, evidente, obvio hasta la náusea, por odio los que no simpatizan callan ante una injusticia evidente, por odio los que marchan dejan que sus consignas se reduzcan a mera dignificación de un inútil lenguaje supuestamente incluyente, como el que usaba el tipo del bigotito, ese que ahora es expresidente.

El ser social del que hacemos parte se nutre a través de la esfera del derecho, somos un colectivo humano en igualdad de derechos, todo este sujeto y fundamentado como lo proclama la esfera de constitucionalidad amparado en el respeto de la dignidad humana, bella palabra que sí nos incluye, así pues, no hay que dejar que el odio envenene el alma de algo de lo que hago parte, de mi ciudadanía.

¿Quién es Rodolfo Joya?*
*Politólogo de la Universidad Nacional de Colombia con estudios de maestría en Derechos Humanos y Gestión Social, lector, escritor, aficionado al cine y al fútbol.


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